El arte al servicio de Luis XIV (Parte 2): El cénit del Rey Sol

Tal y como pudimos ver en la primera parte, el arte se encontraba totalmente subyugado a los fines políticos y de representación del poder, aunque será a partir de 1661, con la muerte del cardenal Mazarino, cuando Luis XIV empiece a gobernar en solitario y monopolice todo el arte a su servicio. Hasta entonces, el primer ministro había servido al joven rey de maestro en los terrenos de la política, la gestión de gobierno, así como en la importancia de la imagen pública. En este último aspecto, Luis XIV fue perfeccionando poco a poco la etiqueta distante de los reyes españoles, al tiempo que adquiría ese acercamiento popular propio de los monarcas borbones, especialmente desde Enrique IV. Supo aprovechar lo mejor de cada lado para así crear una imagen personal y carismática, reflejo de esa majestuosidad que tanto quería difundir a través de las artes.

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Felipe II (1560) – Antonio Moro // Felipe III (1617) – Pedro Antonio Vidal. Ejemplos de porte severo y distante en la dinastía Habsburgo de España.

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Enrique IV (~1590) – Escuela Francesa // Luis XIII (1640) – Justus van Egmont. Ejemplos de comportamiento más relajado y cercano en la monarquía francesa.

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Retratos de Luix XIV, ambos realizados por Claude Lefebvre en 1669 y 1670. En ellos se puede apreciar esa mezcla entre relajamiento y severidad que tanto quiso exponer en sus imágenes.

Siguiendo los consejos del cardenal Mazarino, una de las primeras decisiones del gobierno en solitario de Luis XIV, fue aceptar a Jean-Baptiste Colbert como principal funcionario del Estado. Aunque el Rey Sol prefirió brillar solo, sin la sombra de ningún primer ministro, Colbert tampoco fue un funcionario cualquiera, ya que supo aglutinar un gran poder dentro de la corte y se encargó tanto de la gestión de las finanzas del Estado, como de proteger las ciencias, las letras y las artes. A su vez, fue superintendente de los edificios y manufacturas reales, por lo que la imagen de Luis XIV estaba prácticamente en sus manos. Por encima de Colbert sólo estaba el rey, que era quien tenía la última palabra en cualquier asunto, aunque pocas veces intervenía en materia de imagen pública, depositando su total confianza en el gran funcionario del Estado. Una de las cualidades de Colbert era que detestaba gastar dinero del Estado en algo que no fuera útil, sin embargo las artes las tenía en gran estima y fue inteligente al encontrar en ellas una gran utilidad política y un medio para la glorificación del rey.

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Jean-Baptiste Colbert

Otro funcionario de Luis XIV fue Jean Chapelain. Poeta y crítico en tiempos del cardenal Richelieu, fue también miembro de la Académie Française desde su fundación en 1634/35. En respuesta a una solicitud de Colbert, Chapelain le presentó en 1662 un largo informe sobre la utilidad de las artes “para preservar el esplendor de las empresas del rey”. El informe se centraba principalmente en la literatura, especialmente la poesía, la historia y el panegírico, aunque también hace referencias a otros medios y géneros como medallas, tapices, frescos, grabados y diversos tipos de monumentos como pirámides, columnas, estatuas ecuestres, colosos, arcos triunfales y bustos de mármol y de bronce. Buena parte de esos medios se habían utilizado ya para glorificar al rey, especialmente durante la “Entrada Real” de 1660, aunque será durante el siguiente decenio cuando realmente se construya todo un sistema de organizaciones oficiales, encargadas de movilizar a artistas, escritores y eruditos con el fin de seguir fabricando la imagen del Rey Sol.

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Jean Chapelain

Aunque la Académie Française ya se fundó en tiempos del cardenal Richelieu, Colbert será el gran impulsor de las academias dentro y fuera de París. Las academias eran congregaciones de artistas y escritores que en su mayoría trabajaban para el rey. También ejercían de patronos, encargando trabajos para mayor gloria de Luis XIV. No menos importante era, por ejemplo, la fábrica estatal de los Gobelinos (1663), que daba empleo a unos 200 trabajadores (incluidos varios pintores) que producían muebles para los palacios reales, así como tapices que reflejaran la “historia del rey”.

Otro ejemplo a tener en cuenta era el Journal des Savants (1665), editado por la imprenta real y formada por hombres del círculo de Colbert. El periódico se encargaba de difundir noticias sobre el mundo del conocimiento, lo cual contribuía a la publicidad del mecenazgo del rey.

En consonancia con esa mezcla de etiqueta borbona-habsburga, Luis XIV quería proyectar una imagen paternal, generosa, cercana, pero a la vez majestuosa, divina y elevada. La exaltación de la generosidad de Luis XIV era uno de los recursos “publicitarios” de la imagen del rey, aunque muchas veces estas informaciones no sólo fueron exageradas sino también manipuladas. Un ejemplo de ello es cuando el pintor Claude Perrault pintó al rey visitando la Académie Royale des Sciences con motivo de su fundación en 1666. En realidad Luis XIV nunca realizó esa visita, pero lo importante era mostrar que el rey era generoso y cercano, como un padre que vela por la protección de la ciencia. Por otro lado, el patrocinio estatal de la ciencia no era por entonces cosa corriente. La Royal Society inglesa se fundó unos pocos años antes, pero a pesar de llevar el título de “Real”, la sociedad inglesa no estaba financiada por el gobierno. Seguramente, para Luis XIV apostar por la ciencia era más un recurso propagandístico para acentuar su gloria, que por un interés real hacia los caminos de la razón y la lógica. Un rey que se veía así mismo como un dios capaz de absorber todos los logros de sus súbditos (si se ganaba una batalla el mérito se lo llevaba él y no el capitán del ejército o si un poeta escribía unos buenos versos, todo era gracias a la inspiración del Rey Sol), poco interés debería tener en que la ciencia contribuyera a despertar las mentes.

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Jean-Baptiste Colbert presentando a los miembros de la Real Academia de las Ciencias (1667) – Henri Testelin

Por otro lado, a parte de mostrar a un monarca generoso, también fue importante mostrar a un rey culto y de buen gusto. Para dar publicidad a esto, Colbert recurrió a uno de sus protegidos, Charles Perrault, para que publicara una serie de volúmenes de grabados sobre la colecciones del cabinet du roi. Al mismo tiempo, Colbert también instruyó a embajadores y otros agentes gubernamentales en el extranjero, para que buscaran esculturas clásicas, pinturas de maestros renacentistas, etc. Era importante mostrar que Luis XIV era un gran patrono de las artes antiguas, pero también de las modernas, así que Colbert se sirvió de Charles Le Brun, a quien escuchaba siempre en materia de arte, para que se encargara de todo lo relacionado con la pintura y la escultura. La confianza que depositó Colbert debió ser muy llamativa, cuando Bernini escribió lo siguiente después de verlos juntos en 1665: “Colbert se comporta con Le Brun como con una amante, y está totalmente sometido a sus deseos”.

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Alegoría de Luis XIV protegiendo las artes y las ciencias (1672) – Jean Garnier

Le Brun fue sin duda una figura dominante en la Académie Royale de Peinture et de Sculpture, pero también destacó como director de los Gobelinos (donde estaba produciendo la “historia del rey” en forma de tapices) y como artista encargado de la decoración interior de los palacios reales del Louvre y de Versalles. Los artistas que no estaban en buenas relaciones con él o con Colbert, no recibían encargos que de otra manera habrían logrado. El poder de ambos funcionarios fue muy grande y junto con Charles Perrault (arquitectura) y Jean Chapelain (literatura), formaron el gran mecanismo de fabricación de la imagen del rey.

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Luis XIV visitando el taller de los Gobelinos (1660-1670) – Manufacture des Gobelins

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Encuentro entre Luis XIV y Felipe III en la Isla de los Faisanes en 1660 para ratificar la paz y el casamiento de la infanta María Teresa de Austria (1660-1670) – Diseño de Charles Le Brun para la Manufacture des Gobelins, con motivo de la producción de la “historia del rey”.

No podemos olvidar a otro gran funcionario que tuvo la particularidad de encontrarse fuera del círculo de Colbert y dominar todo a lo perteneciente a la música y el baile. Este personaje fue Jean-Baptiste Lully, que a pesar de haber nacido en Italia (su nombre verdadero es Giovanni Baptista Lulli), entró al servició de Luis XIV en 1652 con veinte años, ejerciendo la función de bailarín de ballet y violinista. Apoyado por el rey, llegó a ser compositor de cámara y finalmente Superintendente de la Música de Su Majestad. A parte de inventar junto con Molière el género de la comedia-ballet, destacó sobre todo por crear la ópera francesa, la cual contribuía a glorificar la imagen del Rey Sol. Finalmente alcanzó el puesto de director de la Académie royale de musique, por lo que se convirtió en el Colbert de la música. Todos estos funcionarios, a pesar de su nepotismo, fueron los mejores sirvientes que tuvo Luis XIV en todo su gobierno. Podemos incluso decir, que durante el tiempo que estuvieron a su servicio, la imagen real alcanzó su mayor gloria, por lo que no resulta difícil considerar las décadas de 1660s y 1670s como la época dorada del Rey Sol.

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Ballet de Jean-Baptiste Lully y Molière en el Palais d’Alcine dentro de las Fiestas de los Placeres de la Isla Encantada, celebrado en Versalles del 7 al 13 de mayo de 1664.

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Representación de Alceste de Jean Baptiste Lully en Versalles (1676).

Una vez conocidos los engranajes que ponían en marcha la maquinaría que construía la imagen del rey, sería conveniente resaltar la importancia que tuvo la retórica dentro de esta fabricación de Luis XIV. Desde que el monarca asumió el gobierno “en solitario”, el arte se sirvió de la retórica para enfatizar los momentos más gloriosos del rey. Esto ya lo habíamos visto antes, como en la “Entrada Real” de 1660, pero ahora el único foco de atención será exclusivamente Luis XIV.

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Luis XIV como protector de la Real Academia de Pintura y Escultura (1667) – Henri Testelin

Las artes, la literatura, la música, etc. tenían sentido en el momento que servían para contribuir a la gloria atemporal del rey. Pero no solamente las artes giraban alrededor suyo, sino todo el reino entero. Aunque suene ridículo, en el fondo toda la población era Luis XIV en la medida que debía contribuir a su buena imagen. El Rey Sol no era solamente un hombre superior a los demás, sino un símbolo, una imagen que representaba a toda Francia. La famosa frase que se le atribuye a él de “Yo soy el Estado”, probablemente no la pronunció nunca, pero bien refleja una forma de entender el gobierno de Luis XIV. Si el rey es el Estado, todos son Luis XIV y no solamente las personas, sino también las cosas y los acontecimientos. Ejemplos de esto, lo encontramos en el ritual que se hacía todas las mañanas cuando se despertaba, comparando la salida del sol con su despertar o la importancia que tenían sus retratos, ya que en sus ausencias, no sólo simbolizaban a Luis XIV, sino que eran el mismo rey. Cuando un embajador hacía su oficio en el extranjero, no era sólo un representante del Estado, sino el propio Luis XIV. Muchos cortesanos tuvieron que aprender a imitar la caligrafía del rey para escribir como él, por ese motivo si salían publicadas sus memorias, lo más seguro es que él no hubiera escrito una sola línea. La moda la imponía él y aunque ya fuera habitual llevar peluca o tacones en la Europa del siglo XVII, en la corte francesa se imitó la forma en la que los llevaba el rey. También los méritos militares del ejército francés eran sólo suyos aunque él no estuviera en la batalla y si cualquier cosa beneficiaba al Estado, todo era gracias a Luis XIV. Hasta las monedas de oro se llamaban “luises” y territorios conquistados como Luisiana en América también representaban al rey con su nombre. En este sentido, la retórica no era un simple recurso artístico, sino una forma de representar a Luis XIV en todas sus manifestaciones.

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Parodia de Luis XIV, What makes the king? (1840) – William Makepeace Tackeray

La retórica utilizada era muy variada, así que podemos hallar eufemismos, hipérboles, sinécdoques, metáforas, alegorías, etc. Empezando por los eufemismos, este recurso fue empleado sobre todo por poetas, historiadores y los escritores de inscripciones. Algunos ejemplos los podemos hallar en las inscripciones de las medallas conmemorativas, como la de la captura de Estrasburgo donde se ponía “Estrasburgo Recibido / ARGENTORATUM RECEPTUM” o la del bombardeo de Argel, “Argel fulminada / ALGERIA FULMINATA”, en la que se representaba a Luis XIV como Júpiter, presentando a los buques de guerra franceses como una fuerza de la naturaleza.

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Medalla conmemorativa Estrasburgo Recibido / ARGENTORATUM RECEPTUM (1681)

Dentro de la literatura laudatoria, la hipérbole fue un recurso muy habitual, aunque también era común escucharlas cuando el rey bailaba en los ballets representando a algún dios como Apolo o Júpiter. La hipérbole hay que entenderla sin prejuicios anacrónicos, ya que la exaltación a las cualidades del rey actualmente pueden parecernos absurdas o propio de funcionarios que quieren escalar en el poder, pero lo cierto es que fue un recurso tradicional y estético de la época  que iba más lejos de la pura lagotería. Naturalmente, los aduladores se masificaban en Versalles, pero tampoco era muy aconsejable hacerlo fuera de la literatura o del ritual cortesano, ya que por lo general el rey no era muy amigo de esas maneras.

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Luis XIV como Apolo para el ballet Noces de Thétis et Pélée (1654). Diseño de Henri de Gissey.

La sinécdoque se empleaba para señalar que Luis XIV era la parte que designa el todo, es decir, se le atribuía, como hemos mencionado antes, los éxitos de sus ministros, generales e incluso ejércitos. El diplomático y erudito suizo, Ezechiel Spanheim,  analizó las técnicas de los panegiristas de la corte de Luis XIV diciendo lo siguiente: “Lo presentan como único autor e inspiración de todos los felices sucesos de su reinado, atribuyéndolos enteramente a sus consejos, su prudencia, su valor y si conducta”.

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Luis XIV cruzando el Rin en Lobith el 12 de junio de 1672 (1670s) – Adam Frans van der Meulen

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Luis XIV coronado por la Victoria después del sitio de Maastricht en 1673 (1670s) – Pierre Mignad

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Luis XIV en el sitio de Besançon en 1674 (1670s) – Adam Frans van der Meulen

Otra figura retórica recurrente fue la metáfora, como en la clásica comparación del rey con el sol, el cual representaba uno de los elementos decorativos característicos de Versalles y de otros lugares donde aparece como forma de alegoría arquitectónica.

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Detalle en una de vallas del Palacio de Versalles.

Por último haremos mención a la alegoría, ya que fue una de las figuras retóricas más recurrentes durante todo su reinado, aunque sobre todo durante su época dorada que estamos analizando. La alegoría fue un recurso muy utilizado en la monarquía francesa desde la mencionada Escuela de Fontainebleau en el siglo XVI, donde se representaban todo tipo de dioses y héroes mitológicos. De este modo Marte era relacionado con el valor, Minerva con la sabiduría, Hércules con la fuerza, etc. Aun así, las alegorías no eran siempre fáciles de descifrar, aunque prevalecía el gusto por los enigmas literarios y pictóricos tan de moda en esos días.

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El rey gobierna por sí mismo (1661) – Charles Le Brun

Durante esta época dorada, Luis XIV fue representado alegóricamente como diferentes personajes, tanto mitológicos, como históricos e incluso bíblicos. De esta manera encontramos retratos familiares como el realizado por Jean Nocret en 1670, donde vemos al rey y a su familia representados como dioses del Olimpo, u otros como el realizado por Werner, donde el rey interpreta el papel de Apolo sobre su carro de oro tirado por caballos. Esta ida de la “representación” es importante resaltarla, ya que en muchos aspectos se concebía la vida como una gran actuación teatral. El concepto de “Estado espectáculo”, fue propuesto por el antropólogo americano Clifford Geertz, al realizar un estudio sobre el Bali decimonónico, cuyo término seguro le hubiera gustado a Luis XIV, al concebir el mundo como un escenario. El propio rey utilizó la metáfora en alguna ocasión, así como el Duque de Saint-Simon, al utilizar los términos comédie y scène en sus descripciones de la corte. Por otro lado, más de uno de los sermones que se pronunciaron con ocasión de la muerte de Luis XIV, se refirieron a su vida como un gran “espectáculo”. El ritual de la corte, se veía como una especie de drama que tenía que escenificarse para fomentar la obediencia. Tal y como señaló un estudioso alemán, J.C. Lüning, que publicó un estudio general sobre las ceremonias públicas en 1719 y 1720, ese tipo de teatro era necesario porque “entre la gente común… las impresiones físicas tienen un efecto mayor que el lenguaje que se dirige al intelecto y la razón”. Curiosamente en las memorias de Luis XIV, se sostiene algo parecido.

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Luis XIV como Apolo derrotando a la serpiente Pitón o alegoría del triunfo sobre la Fronda (1660-1670) – Joseph Werner

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Apoteosis del rey Luis XIV (1660-1670) – Charles Le Brun

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Luis XIV como Alejandro Magno (1660-1670) – Charles Le Brun

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Luis XIV aclamado como rey del mar (1660-1670) – Jean Nocret

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Luis XIV y la familia real (1670) – Jean Nocret

También habría que tener en cuenta los trabajos del antropólogo social Erving Goffman, que recalcó la importancia de la actuación, o lo que él llamaba la “presentación de uno mismo en la vida cotidiana”, idea que no hubiera sorprendido a los contemporáneos del Rey Sol. El palacio de Versalles se concebía como un decorado donde el rey podía exhibir su poder. Era su escenario y él el actor principal. Se dice que jamás dejaba de actuar (prácticamente no tenía vida privada) y que se esforzaba mucho en el papel que tenía que representar. Desde que se levantaba con el ritual del despertar hasta que se acostaba (también con otro ritual), el rey no paraba de representar su papel en la corte. Todos los ojos estaban puestos en él, y aunque a veces pudiera estar más relajado cuando tenía alguna visita privada, su actitud cambiaba de repente cuando entraba más de una persona en la estancia donde estuviese, asumiendo de nuevo su papel de Rey Sol. Se dice también que cada uno de sus movimientos que realizaba en público estaban estudiados extremadamente, hasta el punto que desde niño rara vez reía ni se movía prácticamente (influencia de la Monarquía Hispánica).

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Palacio de Versalles (1668) – Pierre Patel. En la época de Luis XIII, Versalles era un terreno dedicado a la caza con un pequeño palacete, pero a partir de 1668, Luis XIV mandó construir un gran palacio para poder trasladar a toda la corte allí. Este traslado fue progresivo, pero se acabaría materializando completamente en 1682, debido a las sucesivas ampliaciones.

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Luis XIV invita a Molière a compartir su cena (1863) – Jean-Léon Gérôme

Al punto donde queremos llegar con todo esto, es que el término “representación”, al margen de todo lo comentado, también implicaba tomar el lugar de otro y aquí es donde entra en juego la alegoría en las artes. Tal y como hemos visto antes, Luis XIV podía ser representado como un dios mitológico, pero su “representación” podía asumir diferentes papeles, no sólo entre el enorme catálogo de dioses y héroes clásicos, sino también entre personajes históricos. Entre ellos podemos citar a la figura de Alejandro Magno, personaje que fue representado por Luis XIV en la pintura que realizó Le Brun “La familia de Darío a los pies de Alejandro” (1660). También era identificado con su homónimo San Luis (Luis IX, rey de Francia de 1226 a 1270), el cual aparecía asumiendo su papel tanto en pinturas como en esculturas. Incluso en la festividad de San Luis del 25 de agosto, ésta se fue celebrando cada vez de manera más rebuscada, relacionando a ambos reyes como iguales. También representó el papel del rey Clodoveo o Carlomagno. Todas estas representaciones llegaron incluso al extremo de hacerse representar como Cristo, como en la pintura de Pierre Paul Sevin, “El Buen Pastor”.

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La familia de Darío a los pies de Alejandro Magno (1660) – Charles Le Brun

Tal y como se ha hecho mención anteriormente, todos estos recursos retóricos no deben juzgarse de manera anacrónica. Para cualquier persona de nuestro tiempo sería fácil tachar a Luis XIV de egocentrista y aunque no podemos decir que no lo fuera, la cultura de la época prevalecía a su ego como rey. Las figuras retóricas como la alegoría, eran recursos completamente aceptables en aquella época, del mismo modo que las hipérboles  que antes hemos hecho referencia. Aunque todo cambiará con la llegada de la Ilustración en el siglo XVIII, durante el siglo XVII todavía era asumible que se viera a un rey como un dios, aunque a finales de siglo las ideas racionalistas hicieron que la imagen del rey tomara otro rumbo más acorde con los nuevos tiempos. Durante las décadas de 1680s y 1690s, las figuras retóricas se siguieron utilizando en el arte, pero las alegorías de seres mitológicos para representar al rey se abandonaron por completo. Ya no interesaba mostrar a un rey-dios, sino más bien a un padre del reino.

En el siguiente apartado trataremos sobre el ocaso del reinado de Luis XIV, y cómo su imagen continuó fabricándose hasta su muerte.

Fuentes:

  • La Fabricación de Luis XIV – PETER BURKE (Editorial Nerea)