El arte al servicio de Luis XIV (Parte 3): El ocaso de un astro desdentado y el nacimiento de una nueva luz

Tras el Tratado de Nimega el 10 de agosto de 1678 (firmado entre las Provincias Unidas de los Países Bajos y Francia, para poner fin a la guerra con Holanda), Francia experimento un largo periodo de paz hasta 1688.

Algunos acontecimientos importantes durante ese “decenio de paz”, fue la construcción de una fortaleza en Sarre (actualmente uno de los dieciséis estados federados de Alemania), bajo el nombre de Saarlouis. Tal y como se indicó en la segunda parte de este artículo, los mecanismos de poder de Luis XIV absorbieron cualquier imagen perteneciente a entidades animadas (ministros, generales, eruditos, artistas, etc.) como inanimadas (monedas, pinturas, objetos personales, territorios, etc.), por lo que no debería extrañarnos que un territorio como Saarlouis le representara completamente, del mismo modo que lo hacían algunos de sus retratos, su lecho o su trono cuando se ausentaba del palacio de Versalles.

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Maqueta de Saarlouis en el siglo XVII.

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Saarlouis en la actualidad. Todavía se puede apreciar su antigua estructura de fortaleza en el centro de la ciudad.

También es importante señalar, que durante estos años de paz, el palacio de Versalles fue reconstruido por el arquitecto Jules Hardouin-Mansart y Chales Le Brun, siendo sus colaboradores los encargados de decorarlo. 

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Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, realizada entre 1678 y 1684 por Jules Hardouin-Mansart y con pinturas de Charles Le Brun.

Aunque Luis XIV residía también en otros palacios como el de Fontainebleau y Chambord, tras el fallecimiento en 1683 de su esposa María Teresa de Austria y su posterior matrimonio secreto con Madame de Maintenon (a los pocos meses), el rey se hizo más sedentario en Versalles.

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Las reparaciones realizadas a Luis XIV por el Duque de Génova en la Galería de los Espejos de Versalles (1685) – Claude Guy Hallé. Cuando Luis XIV obtuvo la prueba de que los genoveses estaban traicionando a Francia, mandó bombardear la ciudad para obtener la lealtad de los Dogos en persona.

A esto habría que añadir el fallecimiento en ese mismo año de Colbert, dando la oportunidad a su antiguo rival, Louvois, a sustituirle como principal funcionario de la corte. Todos estos datos son muy significativos ya que a partir de esta fecha empezará el ocaso del Rey Sol.

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François Michel Le Tellier, Marqués de Louvois

Con Louvois al frente, los grandes hombres de Colbert fueron sustituidos por otros y aunque Le Brun logró mantener su posición, perdió parte de su influencia en el terreno de las artes. El pintor Pierre Mignard, apoyado por Louvois, fue el principal rival de Le Brun y cuando murió este último en 1690, lo sustituyó como “primer pintor del real”.

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Retrato de Luis XIV (~1690) – Pierre Mignard

Charles Perrault tuvo menos fortuna ya que fue sustituido inmediatamente por Louvois, dejando de ser miembro de la petite académie y perdiendo sus cargos e influencias como “constructor real”. De este modo Perrault fue sustituido por un protegido de Louvois, Le Chapelle, quien tuvo fuertes enfrentamientos con Le Brun.

Por otra parte, otros artistas que por diversas razones no pudieron escalar en su carrera debido a la autoridad de Colbert, consiguieron con Louvois encargos de relevancia como por ejemplo el escultor Pierre Puget. El escultor Girardon tuvo la suerte de seguir trabajando, aunque en 1700 perdió el favor real y en todo caso ya contaba con 70 años.

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Medalla de mármol con el retrato de Luis XIV (~1690) – Puerre Puget

Respecto al músico Jean-Baptiste Lully, éste siguió componiendo con total independencia tal y como lo había estado haciendo con Colbert, no obstante su fallecimiento en 1687 prevenía el fin de una época, colocándose la guinda final con la muerte de Le Brun tres años después, enlazando, por otra banda, con el final del llamado “decenio de paz”.

El ocaso de Luis XIV no sólo se vio acentuado por el cambio de funcionarios (ninguno llegó al nivel de los anteriores), sino también por las políticas y decisiones que se se fueron tomando a lo largo de los años 80. Un ejemplo de ello fue la revocación del Edicto de Nantes en 1685, lo cual supuso la ruptura de la paz entre católicos y protestantes. Un gran número de hugonotes se exiliaron en el extranjero, por lo que por un lado Luis XIV perdió eruditos que le habían hecho un gran servicio y por otro se ganaba enemigos que ahora se encargaban de ayudar a otros príncipes y monarcas.

Por otro lado, a pesar del constante enfrentamiento entre Luis XIV con Roma, debido a la autonomía eclesiástica de la iglesia francesa, la revocación del Edicto de Nantes permitió un mayor acercamiento al Papa. Si hasta entonces su imagen como cristiano estaba en entredicho debido a factores como su relación con el ejército turco, su megalomanía que le llevaba compararse con los dioses paganos, los fuertes destrozos en la población civil que causaban sus ejércitos o el ya mencionado distanciamiento de la iglesia francesa, ahora su imagen tomaría un nuevo rumbo como rey defensor de la cristiandad y del catolicismo.

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Luis XIV como conquistador de la herejía (1686) – Elias Hainzelmann

Las alegorías, antes de tema mitológico, ahora se tornaron más cristianas como la pintura de Guy-Louis Vernansel, “Alegoría de la revocación del Edicto de Nantes” (1685). La Revocación también se presentó oficialmente en las medallas, con inscripciones concebidas por la petite académie, como “La Victoria de la Religión”, “La Herejía Extinguida” o “Dos Millones de Calvinistas Reintegrados a la Iglesia”. Se esculpieron además esculturas por toda Francia donde se ponía de manifiesto el tema de la Revocación y la nueva imagen de Luis XIV como héroe de la cristiandad. De todos modos, a pesar de todos estos esfuerzos por cambiar su imagen, lo cierto es que la decisión de la Revocación resultó ser más perjudicial que otra cosa, lo cual acabó precipitando la decadencia del reinado de Luis XIV.

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Alegoría de la revocación del Edicto de Nantes (1685) – Guy-Louis Vernansel

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Luis XIV pisoteando la herejía (1692) – Thomas Gobert

Tras finalizar el “decenio de paz” en 1688, en aquel entonces Luis XIV tenía cincuenta años y su deterioro físico era notorio debido a dos operaciones que lo dejaron prácticamente sin dientes y con la salud mermada. Debido estos motivos, el rey se fue haciendo cada vez más sedentario, lo cual contribuyó también el agravamiento de su gota, la cual le iba restando poco a poco movilidad (a veces se le veía en silla de ruedas por los palacios y jardines de Versalles).

Aunque no dejo de cuidar su aspecto personal, a partir de esta época empezó a desaparecer de la vida pública, sobre todo una vez pasada la centuria, recurriendo al retrato que le realizó Hyacinthe Rigaud para sustituirlo. Por otra parte, el número de retratos en esta época descendió muchísimo, especialmente si hacemos una comparación con las décadas anteriores. No obstante, también habría que señalar el realista retrato de cera realizado por Antoine Benoist en 1706, donde se puede apreciar a un Luis envejecido, aunque con porte majestuoso. Tanto el retrato de Rigaud como el de Benoist son los más característicos de este período final de Luis XIV, los cuales destacan por la forma natural de representar su vejez, aunque sin renunciar a cierta idealización en el porte y en el caso de Rigaud, en el cuerpo rejuvenecido del rey (las piernas que luce en el cuadro no son para nada las de un anciano).

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Retrato de Luis XIV (1700) – Hyacinthé Rigaud. Esta pieza fue muy admirada por el rey y tras su ausencia, los cortesanos debían comportarse ante ella como si fuera el propio monarca. Por orto lado, este retrato refleja la imagen bipartita de Luis XIV: modernidad/antigüedad, distancia cercanía, severidad/relajamiento.

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Retrato de cera de Luis XIV (1706) – Antoine Benoist

En 1691 murió Louvois, la última de las importantes figuras de Luis XIV (el gran programa de estatuas ecuestres que se instalaron por toda Francia se le debe a él), que si bien no logró los méritos de Colbert, sobresalió mucho más que el resto de funcionarios que vendrían tras él. Al único funcionario que habría que hacer una mínima mención tras la muerte de Louvois es al marqués de Torcy, que ejerció el cargo de Secretario del Estado para Asuntos Exteriores, por lo que su función era la de ocuparse de la imagen pública del rey en el extranjero, especialmente durante la Guerra de Sucesión española. Torcy fue bastante continuista de la política de Colbert (era su sobrino) y creó al igual que él, numerosas academias que pretendía dar prestigio al rey.

El periodo de 1689 hasta el fallecimiento de Luis XIV en 1715, se puede describir perfectamente como el de la “Gran Austeridad”. La construcción y decoración de Versalles se interrumpió durante un tiempo y tras la muerte de Louvois, algunas obras constructivas como la reconstrucción de la Place Vendôme fueron paralizadas por orden del rey. La historia metálica (publicación de las medallas conmemorativas del reinado) se retrasó y la Academia de Ciencias tuvo que abandonar alguno de sus proyectos más prestigiosos, como la Historia de las Plantas.

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Escultura ecuestre monumental de Luis XIV realizada por Girardon. Fue erigida el 13 de agosto de 1699 en la plaza Louis-le-Grand, actualmente Vendôme. Su inauguración se celebró con tanto fervor como si se tratase de una victoria militar. La escultura fue destruida en la Revolución Francesa (1789).

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Transporte de la estatua de Luis XIV en 1699 (1700) – René Antoine Houasse

En el terreno militar, Francia entró en profunda decadencia debido al desgaste continuo de las batallas. Empezaron a conmemorarse triunfos de poca importancia que a veces suscitaban la burla de los países vecinos. Un ejemplo de ello fue la conmemoración de que un bombardero enemigo no lograra destruir Dunquerque, a lo que el político inglés Joseph Addison señaló con sarcasmo: “De qué pueden jactarse aquí los franceses”.

Los eufemismos que empleaban los franceses para engrandecer la imagen del rey, ya no eran tan efectivos como antes, debido a que los resultados militares y políticos no acompañaban a la realidad. Aunque Luis XIV logró ganar la Guerra de Sucesión colocando a Felipe de Anjou en el trono español, lo cierto es que las artes, a pesar de los numerosos empeños, no lograron camuflar el ocaso del Rey Sol. Un prueba de ello fue el creciente arte que se desarrolló en el extranjero en contra de Luis XIV, con por ejemplo la creación de medallas que imitaban las realizadas oficialmente en Francia, pero con inscripciones sarcásticas que servían para criticar el comportamiento licencioso del monarca francés y sus políticas.

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VENIT, VIDIT, SED NON VICIT / Llegó, vio, pero no venció (1693). Referencia no sólo a César, sino también a la moneda impresa creada por Luis XIV en el carrousel de 1662.

Otros ataques constantes a su imagen fueron las burlas que trataban al rey como un mujeriego, especialmente a través de grabados en los que se mostraba, en tono de humor, a Luis XIV como un rey más preocupado por las faldas que por los asuntos del Estado.

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Luis se retira con su serrallo (1693) – Grabado anónimo. El serrallo hace referencia a las residencias musulmanas de las mujeres y odaliscas (concubinas). En este caso la sátira va dirigida a su fama de mujeriego y sus relaciones con los turcos.

Tampoco fueron pocos los ataques que lo trataban como tirano, vanidoso, amoral, usurpador (l’habit usurpe) o como el anticristiano. Algunos de estos descalificativos entraban en el terreno de la manipulación, ya que a veces se tergiversaba la realidad con tal de humillar la imagen de Luis XIV. Muchos de estos pintores y grabadores fueron antiguos miembros de la corte francesa, que tras ser expulsados por su condición de hugonote, se refugiaron en tierras germanas o sobre todo en Holanda, donde crearon un poder en contra de la imagen de Luis XIV. Esto es interesante mencionarlo, ya que si hasta ahora estábamos analizando las artes al servicio de Luis XIV, ahora vemos como el arte fue usado también como contrapoder, traspasando en ocasiones las fronteras francesas y llegando incluso a la ciudad de París, donde de manera clandestina se intentaba difundir estampas que ridiculizaban la imagen del Rey Sol.

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Luis el usurpador (~1700) – Grabado anónimo

Finalmente, tras un largo reinado de setenta y dos años, el Rey Sol se extinguió por completo el 1 de septiembre de 1715. La ceremonia fúnebre debió causar una gran impacto entre los franceses, especialmente por el hecho de que no se celebraba un funeral real desde 1643. Sin embargo, la actitud del pueblo, según testigos contemporáneos, fue más de alivio que de júbilo.

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La marcha fúnebre del rey Luis XIV en 1715.

Durante la Regencia de Felipe de Orléans (1715-1723), parece ser que prevaleció una actitud de reacción en contra de Luis XIV, elegantemente simbolizada por Watteau en su pintura Enseigne de Gersaint, denominada por algunos como “Desluisificación”. En esta obra vemos como un retrato de Luis XIV acaba guardándose en el baúl de un marchante, debido a la falta de interés que suscitaba su imagen. Los nuevos tiempos de la Ilustración pedían nuevos referentes y no personalidades que se compararan de manera irracional con dioses o héroes clásicos.

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La muestra de Gersaint (1720) – Antoine Watteau

El siglo XVIII fue la época de los déspotas ilustrados, monarcas que bajo la excusa de la razón y los nuevos tiempos, se supieron crear una nueva imagen que garantizaba su poder. Las artes siguieron siendo la herramienta de los poderosos, quienes siguieron haciendo propaganda de su mecenazgo a los eruditos ilustrados. Con los nuevos tiempos, las monarquías prescindieron de las alegorías mitológicas y de esos rituales que contradecían la razón, como esos que atribuían a Luis XIV cualidades divinas y milagrosas que permitían curar a los enfermos con tal sólo tocarlos.

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Luis XIV curando la escrófula (1690) – Jean Jouvenet

Lo monarcas del siglo XVIII siguieron siendo autoritarios y acaparaban todo el poder, aunque poco a poco las ideas ilustradas de personalidades como Montesquieu, fueron abriendo el camino a la separación de poderes, lo cual acabó siendo una realidad tras las Revoluciones Americana (1775) y Francesa (1789).

Inglaterra significó una excepción en el ámbito europeo respecto a la división de poderes, ya que tradicionalmente el Parlamento tuvo siempre mucha fuerza, llegando incluso a formar la primera república en Europa tras condenar a muerte al rey Carlos I en 1649. Más tarde, con la Revolución Gloriosa de 1688, la monarquía inglesa de Maria II y Guillermo III se tornaría parlamentaria, sirviendo de modelo a ilustrados como Montesquieu.

Aunque la separación de poderes fue una ardua conquista con bastantes altibajos en toda Europa, a lo largo del siglo XIX vemos como los poderes se hacen cada vez más complejos y plurales. A diferencia de la época de Luis XIV donde el poder recaía exclusivamente en su persona y las artes cumplían la única función de servir a la gloria de su imagen, durante el siglo XIX el sufragio censitario permitió que el pueblo (sólo masculino) tuviera cierto poder.

Los primeros sindicatos surgidos en Inglaterra se vieron pronto reforzados por las ideas marxistas de mediados del siglo XIX, por lo que el poder imperante burgués empezó a chocar con el poder del pueblo. A diferencia del “contrapoder” que existía en el último periodo de gobierno de Luis XIV, este poder popular no estaba respaldado por otros gobiernos, por lo que podemos hablar de los primeros poderes realmente autónomos del poder imperante.

Por otra banda, el poder burgués decimonónico fue casi un sustituto del antiguo poder nobiliario y monárquico, por lo que tampoco podemos hablar de autonomía respecto al poder central. Además, en aquel entonces la línea entre burgués y noble era muy estrecha, ya que los primeros querían vivir como nobles y los segundos intervenían en los negocios burgueses. Los títulos nobiliarios se compraban para aumentar el prestigio social, pero el poder como tal, recaía en los negocios del capitalismo.

Con la aparición del marxismo a mediados del siglo XIX, se irán formando diversos grupos de poder que lucharán por un nuevo sistema más justo e igualitario para todos. Las artes, antes al servicio de un poder único, ahora se irán dividiendo entre los diferentes poderes, siendo utilizadas como armas o herramientas propagandística.

Con la llegada del siglo XX y sobre todo después de la Revolución Rusa y las dos Grandes Guerras, resultó evidente la utilidad de las artes al servicio del poder. Con Luis XIV se habían utilizado sin un mecanismo claro de publicidad y proyectándolas más hacia la gloria y la inmortalidad, que para realmente atraer a las masas populares (que de todos modos no hubieran entendido mucho de los mensajes de las obras de arte), pero a partir del siglo XX el arte cobró una nueva dimensión.

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Carteles propagandísticos de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Para Lenin el cine era el arte más preciado debido a su fuerte potencial, el cual fue utilizado con gran éxito por el comunismo para movilizar las masas y manipular sus sentimientos. Esta manipulación emocional a través del arte, también la podemos observar en los carteles bélicos de la Segunda Guerra Mundial, los cuales servían para motivar al pueblo tanto en una dirección como en otra. Por otro lado, los cabarets de las décadas de 1930s y 1940s mostraban otra forma de luchar a través del arte, al margen de los partidos políticos o los grupos sindicales.

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Cartel constructivista de El Lisitski (1920s).

El siglo XX consolidó la diversidad de poderes, lo cual fue acentuándose cada vez más a medida que han ido pasando las décadas. El mayo francés de 1968 supuso otro ejemplo de poder por parte de los jóvenes y estudiantes, abriendo el abanico a muchos micropoderes que se han ido fortaleciendo con el tiempo, como son los colectivos feministas o de homosexuales. También hemos aprendido a que el poder no radica necesariamente en un colectivo, sino en cada uno de nosotros de manera individual. Todos tenemos el poder de generar discursos o realizar acciones que influyan en los demás. Las herramientas para llevarlo a cabo pueden ser muy variadas, y el arte, por supuesto, sigue siendo una de las más efectivas. Es más, el arte de por sí es una herramienta de poder y por ello jamás podrá ser autónomo a él. Cualquier acción artística que se haga de forma desinteresada o apolítica, en realidad nunca podrá serlo por mucho que nos esforcemos. El arte es político porque cualquiera de nuestras acciones o no acciones lo son. Somos seres que emitimos discursos constantemente de forma intencionada o inconsciente, y es por ello que el arte siempre dirá algo, porque incluso el no decir nada implica en el fondo una intención, una voluntad en la que el poder se halla siempre presente para brillar e influir a los demás.

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Cubos minimalistas de Donald Judd (1970s).

En tiempo de Luis XIV las artes estaban al servicio de un solitario y oscuro sol, pero en pleno siglo XXI el arte es de todos, es nuestro para que el mundo pueda tener más luz.

Fuentes

  • La Fabricación de Luis XIV – PETER BURKE (Editorial Nerea)